Agencias
La escalada de tensión en Medio Oriente vuelve a poner al petróleo en el centro de la geopolítica global y amenaza con presionar la inflación en todo el mundo.
El precio del petróleo volvió a convertirse en un termómetro de la inestabilidad internacional. Este viernes, el crudo Brent superó los 90 dólares por barril, su nivel más alto en casi dos años, impulsado por la creciente tensión en Medio Oriente y el riesgo de interrupciones en el suministro energético global.
El foco de preocupación está puesto en el Estrecho de Ormuz, un punto estratégico por donde circula cerca del 20% del petróleo que se comercializa en el mundo. Cualquier alteración en esta ruta marítima puede sacudir de inmediato a los mercados energéticos y financieros.
Los analistas advierten que, si el conflicto escala o se registran bloqueos en esta zona, el precio del crudo podría dispararse hasta los 150 dólares por barril, un escenario que reactivaría presiones inflacionarias globales similares a las registradas tras la pandemia y la guerra en Ucrania.
La reacción de los mercados no se hizo esperar. Bolsas internacionales registraron caídas, mientras que los costos energéticos comenzaron a presionar nuevamente las expectativas económicas en diversas regiones.
Más allá de los movimientos financieros, el mensaje es claro: el petróleo sigue siendo una de las palancas más sensibles de la economía mundial. Cuando el barril sube, lo hacen también los costos del transporte, la producción industrial y, finalmente, el precio que pagan los consumidores.
En un mundo aún frágil tras años de crisis económicas, una nueva escalada energética podría convertirse en el próximo gran desafío para la estabilidad global.

