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La historia volvió a inclinarse del lado de los Seattle Seahawks.
En el escenario más exigente del deporte profesional, Seattle impuso su carácter y se coronó campeón del Super Bowl LX tras una victoria inapelable 29–13, construida con autoridad, temple y una ejecución que rozó la perfección.
No fue una noche de fuegos artificiales, sino de control absoluto. Seattle gobernó el partido desde la trinchera, dictó el ritmo y sofocó cualquier intento de rebelión del rival. Su defensiva levantó un muro infranqueable y su ofensiva avanzó con la paciencia de quien sabe que la gloria también se conquista centímetro a centímetro.
En el corazón del triunfo emergió Kenneth Walker III, incansable y determinante, acumulando 157 yardas totales que desgastaron, quebraron y finalmente sometieron a la defensiva contraria. Cada acarreo fue una declaración de intenciones; cada avance, un paso más hacia el Lombardi.
La noche también quedará inscrita en los libros de récords gracias a Jason Myers, quien convirtió cinco goles de campo, una marca histórica en el Super Bowl, transformando la precisión en arma letal y ampliando la ventaja hasta volverla irremontable.
Cuando el reloj llegó a cero, no hubo dudas. Seattle no solo ganó un partido: reafirmó una identidad. Con este campeonato, los Halcones Marinos regresan al trono de la NFL y sellan una temporada que ya pertenece a la memoria colectiva del deporte.

